Paridad: 6

¿Qué es lo que te propones capitán?.

Quiero estar convencido antes de tomar una decisión.

La tormenta se había desencadenado, la lluvia bañaba el rostro de Adolfo. Dione seguía en la misma postura, allí sola frente a la tormenta, con los ojos clavados en el espacio infinito; sintiendo la nostalgia de otro mundo que ya no existe.

Dione.

No, no iré. No insistas.

Ellos quieren ayudarnos.

No, sé que pasará algo terrible, no quiero que me vean.

Por favor Dione, escúchame, están casi dispuestos a irse; entre los dos podemos convencerlos. Ven conmigo no temas.

No puedo ir, no lo entiendes, no puedo. Es mas fuerte que yo. Tengo miedo.

¿Pero qué puede suceder? Yo estaré a tu lado. Nada nos podrá separar.

Sé que va a pasar algo. Y tú no podrás hacer nada, nada.

Esta bien Dione. No quiero que sufras.

El se aproximó a ella y la besó suavemente.

No temas Dione todo saldrá bien.

Mientras, los dos hombres habían concluido las pruebas.

No hay nada anormal, capitán, el aire es perfectamente respirable.

No has descubierto ningún elemento tóxico.

No capitán, aunque los instrumentos que poseemos no son los idóneos, no parece haber ningún peligro en el ecosistema del planeta.

Bueno ahora sólo falta verla a ella.

Creo que se quedará con las ganas capitán; ahí regresa, pero viene solo.

Ambos miraban perplejos a Adolfo.

Imposible no quiere venir, no puedo convencerla.

Bajó su mirada al suelo donde comenzaban a formarse pequeños charcos.

Por favor ayúdenme, no digan que me han encontrado.

El capitán le lanzó una mirada a su colega, este esquivó la vista y fingió contemplar el cielo. La lluvia cesaba.

Es un compromiso…

Yo la amo, ustedes no saben lo que es eso; encontrarla aquí, a ella, a la mujer que siempre he buscado; y ahora, está aquí… conmigo. Ya nadie nos podrá separar. Ella ha sufrido, yo también he sufrido. Venimos de mundos diferentes y nos hemos encontrado casi al final de nuestras vidas… Quiero vivir los años que me quedan a su lado, dedicarme a ella. Tengo derecho a amar. ¿No es cierto?… Yo encontré aquí mi amor. ¡Mi gran amor!…

Adolfo calló, su silencio era mas fuerte que sus palabras. Su rostro estaba mojado. Pero al capitán le pareció que lloraba.

Esta bien, desapareceré la nave, la dejaré caer al mar. No diré nada… Que sea lo que sea.

Entonces, me prometen que no dirán nada. Me lo prometen.

Esta bien, esta bien. Esta tarde dejaremos caer tu nave en el océano y después nos iremos. Ojala seas feliz.

Los dos hombres se despidieron de Adolfo. Luego se introdujeron en la nave y comenzaron la maniobra de acople. Pero ya Adolfo no veía nada; corría como un loco, como un loco de felicidad.

¡Dione! ¡Dione!… ¡Dione!

Ya había escampado, las nubes grises huían; el cielo se despejaba. Ella estaba de pie, esperándole; sonreía: ya lo sabía; lo sabía, y se lo hacía saber con esa mirada azul que lo envolvía todo.

Se van Dione, nos dejan solos.

Ella no decía nada; su rostro sereno, sus cabellos mojados aún por la lluvia, y esa mirada profunda como la tarde, y aquellos ojos azul verdosos, tornándose pardos, y luego castaños rojizos, después castaños oscuros, grisáceos y por último serán negros, negros como la noche.

Allá van las dos naves, pronto se irán Dione. Regresan a la Tierra, donde no volveré nunca más. Me quedo contigo. ¡Adiós humanidad! ¡Adiós egoísmo! Quédense con su civilización, con sus ansias absurdas de acumular riquezas. Yo tengo lo que ustedes nunca podrán darme. ¡Un amor eterno!

Adolfo llévame a la playa, a nuestra playa.

Él contempló sus pupilas castañas; acarició sus cabellos todavía húmedos.

Ven, vamos.

Iban hacia la playa unidos, tomados por la cintura.

El agua se levantó bruscamente ante el impacto de la nave dejada caer.

¿Qué hacemos ahora capitán?.

Nos marchamos. Espera, antes de irnos sobrevolaremos el planeta por última vez.

El capitán de la nave contemplaba el paisaje. Fue entonces cuando descubrió una pequeña playa. Allí estaba Adolfo; caminando sobre la arena. El capitán pegó el rostro al cristal de la nave, su mirada buscaba algo ansiosamente; mientras un nerviosismo le iba invadiendo. Adolfo parecía hablar con alguien, pero por más que se esforzaba y buscaba no veía a nadie. Fue entonces cuando un escalofrío le recorrió todo el cuerpo; la mano de Adolfo flotaba en el aire, como si acariciase algo o a alguien; su brazo se cerraba, se ceñía sobre alguien; pero sólo quedaba un espacio vacío; no había nada. ¡Allí no había nadie! ¡Estaba solo! ¡Completamente solo!

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Paridad: 5

Eh… Yo… Yo la traeré… Enseguida vuelvo.

Y sin decir mas se alejo apresuradamente.

Qué le parece esto capitán, una mujer en este planeta. Debe ser muy hermosa cuando ha trastornado al doctor.

Estoy sorprendido no esperaba encontrarme con esto.

Ella lo esperaba ansiosa.

Dione han venido ha buscarme. ¿Vendrás conmigo, verdad? ¿Vendrás?…

No, no puedo, soy telepata. ¿Lo has olvidado?… Ustedes no saben pensar. No como en mi planeta, que pensamos para nosotros solamente. Ustedes siempre piensan hacia afuera; no saben desligar el pensamiento de los sentimientos. Si me fuese contigo no podría resistir, todos los pensamientos me llegarían de golpe creando una terrible interferencia: enloquecería. Sería presa de los sentimientos más horribles; la angustia me devoraría. No, no puedo. Vete, vete tú con ellos.

No, jamás te abandonaré; ya no podría vivir sin ti. Les diré que se vayan. Yo no me iré.

Adolfo hay algo en lo que tú no has pensado, pero yo como mujer si, no podemos tener hijos. Nuestros organismos pueden ser diferentes, puede ser que no tengamos los mismos cromosomas, y aunque pudiéramos tenerlos, no sería justo condenarlos a una vida salvaje, solitaria… Vete, no te das cuenta… Vete con ellos.

Su voz entrecortada, su rostro pálido y sobre todo sus ojos opacos de un azul grisáceo revelaban su angustia. Él la cogió de las manos.

Jamás, me oyes, jamás te abandonaré. Voy a hablar con ellos. Enseguida vuelvo.

Los hombres estaban algo preocupado por la demora de Adolfo, cuando este al fin apareció.

¿Y ella? ¿Dónde está ella? Preguntó el capitán.

No viene, ni yo tampoco iré con ustedes.

¿Estás loco? Nos han enviado expresamente a buscarte, llevamos dos días localizándote. No podemos abandonarte aquí.

Entiendan ella es telépata, en la Tierra enloquecería, captaría todos los pensamientos; no lo podría soportar, y yo no puedo abandonarla.

Pero es que no podemos dejarte así como así.

¿Tú nunca has estado enamorado?

Si pero…

Abandonarías tú a la mujer amada. La dejarías sola en un planeta y te irías. ¿Dime: lo harías tú?

No creo que no. ¿Pero ella qué hace aquí?

Su planeta desapareció, solo ella logro salvarse y llegó hasta aquí.

¿Y la nave? ¿Dónde esta la nave?

¿La nave?… No sé, no se lo pregunté.

Todo esto es muy raro doctor. Usted es uno de los más eminentes científicos de la Tierra. Yo tengo que responder por su vida, no puede irme y dejarlo.

Doctor, por qué no trata de convencer a la muchacha, quizás en la Tierra se pueda llegar a algún arreglo: vivir en un satélite artificial. ¿No le parece? Quizás… Por que no la trae, así yo converso con ella y trato de convencerla, a lo mejor… Yo la convenzo.

Esta bien la traeré conmigo.

Dio la espalda y se alejó.

Allí estaba Dione, arrodillada con la vista fija en el cielo. Volvió su rostro al sentir su presencia. Sus pupilas tenían un color indefinido entre gris y azul, al igual que el cielo que amenazaba con llover.

Dione, ellos quieren verte, quieren hablar contigo.

No, eso nunca. No.

Y comenzó a temblar llena de pánico.

Dione que te pasa, ellos quieren conocerte.

No; yo sé, que va a pasar algo terrible, si ellos me ven; lo sé.

¿Qué dices Dione? Ellos nos quieren ayudar.

No, vete; vete con ellos. Yo no iré.

Sus ojos tomaban un color gris oscuro; tronaba, las nubes grises cubrían el cielo, que amenazante rugía; los largos cabellos de ella, ondulaban resistiendo la furia del viento. El no dijo nada, resignado se marchó.

Los dos hombres miraban inquietos al cielo.

Parece que habrá tormenta.

No me gusta esto capitán; no me gusta. Mire ahí viene el doctor, pero viene solo.

¿Y ella… Por qué no vino? preguntó el capitán.

No quiere venir, no quiere.

¿Por qué?

Es que ustedes no entienden: su planeta pereció, todos sus familiares murieron, lleva años viviendo sola; la soledad le ha hecho daño. Tiene miedo, miedo a que suceda algo. Comprendan, lo ha perdido todo, no tiene a nadie…

Pero es que nosotros queremos ayudarla, hablar con ella, decidir todos juntos qué vamos a hacer; sólo queremos hablar con ella, conocer su opinión, saber… Saber de ella; estoy en una situación difícil, no sé que hacer.

Yo no me iré, no la dejaré.

Es que yo tengo que informar que te encontré, y vendrán otras naves; y te llevarán por la fuerza, si es preciso. Tú eres necesario en la Tierra.

Di que no me has visto.

¿Y la nave? ¿Y cuando vean la nave?

Échala al mar.

No, no puedo hacer eso.

Por favor ella me necesita; tiene miedo a la civilización; ha sufrido mucho; es la única que sobrevivió a los suyos.

La voz de Adolfo era un susurro, sus cejas se elevaban, su mirada inquieta buscaba los ojos del capitán.

No puedo, si al menos pudiera hablar con ella.

¿Por qué con ella?

Es que… No sé, todo es tan extraño. Necesito saber de ella, eso me tranquilizaría. Es muy grave lo que me pides. Insístele, quizás acceda.

Esta bien lo intentaré por última vez.

Ya Adolfo se había marchado.

Pronto, tenemos que ganar tiempo, tómale pruebas al aire, es necesario analizar las condiciones ambientales del planeta: temperatura, enrarecimiento del aire, gravedad…

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Paridad: 4

Caminaban hacia la playa cogidos de la mano. Se detuvieron frente al mar. Ella puso la mano sobre su hombro y comenzó a mirarle fijamente a los ojos. Adolfo vio como las pupilas de ella comenzaban a dilatarse, hasta cubrir todo el ojo; y como de su interior brotaba un destello de luz: sus ojos se iluminaban, se encendían como dos soles.

No temas Adolfo, este es el mensaje del corazón; sólo cuando se esta enamorado los ojos brillan. Es la prueba de amor. Nosotros no podemos ocultar el amor.

Pero yo…

Tu no emites la luz, pero tu rostro se ilumina de felicidad. Además yo capto tus sentimientos, y sé que me amas.

Ya la luz había desaparecido de sus ojos y se podía contemplar sus pupilas de color miel.

¿Por que los ojos te cambian de color?

Es una cualidad de los seres de mi planeta: por la mañana azules, después verdes, luego pardos, durante la tarde castaños; después se van haciendo más y más oscuros, hasta por la noche tornarse en negros.

Es verdad, la tarde avanzan y tus ojos toman un color café.

Fue a besarla pero ella lo rechazó.

No, aun no, primero deben unirse las almas.

¿Qué?

Perdóname, no tengo ningún derecho a imponerte las normas de mi planeta.

No digas eso, me gusta tu planeta. Desde hoy hago mía tus leyes.

Entonces no podrás tocarme hasta dentro de tres días.

¿Cómo?

Primero debemos fundirnos espiritualmente; unirnos en un solo pensamiento, sentirnos el uno dentro del otro.

¿Llegaremos a comunicarnos telepáticamente?

Yo diría que llegaremos a sentirnos telepáticamente.

¿Pero cómo?

Por la noche lo sabrás.

Oscurecía, la noche se adueñaba de todo el paraje. En lo alto una constelación de estrellas se hacían guiños y emitían mensajes de amor.

¿Sabes meditar? preguntó ella.

¿Concentrarme?

No, no precisamente; el vocablo que más se semeja en tu léxico es meditar. Es … Es algo así, como desprenderse del cuerpo … Como expandir el yo … Proyectarse hacia el ser amado. Ven yo te enseñaré.

Él la siguió.

Acuéstate, relaja los músculos y luego piensa en mi. Yo también pensaré en ti. Piensa en lo infinito del universo, en la armonía que de el brota. En la belleza que emana de todas las cosas. En que amas y eres amado; por qué estas en armonía con el todo, y porque de ti brota la fuente inagotable del amor. Piensa en estas ideas. Llénate de ellas; que yo estaré siempre a tu lado. Hasta mañana amor. Piensa… Sienteme… Únete… Hasta mañana, estoy junto a ti, siempre, para siempre…

Los primeros rayos del sol despertaron a Adolfo. Su mirada asustada recorrió todo el lugar. ¡Dione, no estaba!

Echó a correr como un loco.

¡Dione! ¡Dione!…

Adolfo no temas, estoy aquí. Mira lo que traigo: flores.

Pero Adolfo no miraba las flores, temblando aun de miedo, la contemplaba fijamente.

Temí… Temí que todo fuese un sueño. Tengo miedo Dione, tengo miedo de perderte.

No temas Adolfo. ¡Nunca! Nunca más, me separare de ti.

¡Dione!

¡Adolfo!

Adolfo y Dione, pasaban las horas contemplando el mar, otras corrían por el bosque o retozando en la arena. A veces se adentraban en el mar, cuando caía la tarde y él contemplaba sus enormes ojos de un castaño muy claro, casi amarillos; mientras sus largos cabellos caían sobre sus hombros, sumergidos bajo el agua. Así transcurrían las horas; mientras la tenue luz se reflejaba sobre el mar; el envuelto en su mirada; hipnotizado por aquellos ojos, donde iba oscureciendo el día; ahora castaños rojizos. A lo lejos dos soles se iban hundiendo sobre el mar; resbalaban los últimos rayos sobre las aguas, dispersándose como abanicos; oscurecía.

Ella lo miraba dulcemente con sus ojazos negros; las dos lunas estaban más brillantes que nunca.

Dione hoy se cumple el tercer día, ya nada nos puede separar. Te siento… Te siento tan dentro, que hasta me parece verte en todas las cosas. Siento tus pensamientos, tus deseos…

Los ojos de Dione brillaban, titilaban como luceros. Ese rayo de luz que ya él conocía; y aquella noche Adolfo y Dione fueron uno sólo.

Un potente ruido los despertó. Dione lo observaba nerviosamente, a través de sus ojos azules se sentía el miedo.

Algo pasó dijo ella.

El ruido viene de allá. Voy a ver que es.

No, no vayas Adolfo, no vayas.

No temas, volveré enseguida.

Allí junto a la nave abandonada, sobre la tierra rojiza, se encontraba otra nave. “Son hombres de la Tierra, han venido a buscarme”.

Dos hombres se movían mirando a todas partes. Por fin.

Allí, allí está dijo uno de ellos.

Adolfo iba a su encuentro.

Sin dudas usted es el doctor Martín.

Si el mismo le dijo sonriente.

Que suerte, temíamos que hubiese muerto.

Ambos hombres estrecharon su mano.

¿Y el piloto?

Murió.

Adolfo señaló hacia la tumba. Hicieron un leve silencio.

Bueno cuando quiera nos vamos.

Es que… Hay alguien conmigo.

¿Cómo?

Si en este planeta hay una mujer…

¿Una mujer?

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Paridad: 3

El cielo comenzó a tomar un color vidrioso; las nubes temblaban, se hacían borrosas; la arena se humedecía; el mundo se empañaba. Un par de lagrimas lo borraba todo.

Pasó otro día más. Era un amanecer gris, todo nublado: el viento soplaba con furia; las olas se lanzaban rabiosas contra las rocas; las gotas comenzaron a caer pesadamente sobre su rostro, la lluvia arreciaba. Con la ropa empapada, aterido de frío, delirando por la fiebre; un hombre moría: de hambre, de frío, de soledad.

La tormenta amainaba, la lluvia se hacía cada vez más fina, más suave; las olas más serenas. La tempestad se alejaba dando paso un resplandeciente cielo azul.

Adolfo, Adolfo.

¿Eres tú?… ¿Eres tú?…

Adolfo.

Eres… Tú. ¡Dione!

Si soy yo.

Dione… Dione…

Ella le puso la mano sobre la frente.

Tienes fiebre, pero te curaras enseguida.

Mantuvo unos segundos su mano sobre la frente de Adolfo.

Ya, ya estas bien.

– Miró sus grandes ojos azules; la vio sonreír y escuchó su voz.

Perdóname, pero tenía miedo. Necesitaba conocer tus pensamientos. No fue fácil aprender tu idioma, ni entrar en contacto con tu mente.

¿Eres telépata?

Si en mi planeta somos… digo éramos… telépatas.

Ella bajó la vista; sus facciones cambiaron. Él buscó su mirada y tropezó con dos ojos húmedos. Ella sonrío suavemente.

¿Y tu gente? ¿Dónde están?

Murieron, todos murieron.

¿Aquí?, ¿Por qué?

No, este no es mi planeta. En el planeta donde yo nací se propagó una epidemia: un virus que lo contaminó todo. Sólo yo pude salvarme; mis padres me enviaron en una nave a este planeta.

¿Y el resto? ¿Y los demás? ¿Que hicieron?

No quisieron abandonar el planeta. Ellos creían que se podía contrarrestar la epidemia: descubrir al virus causante del mal. Pero ya era demasiado tarde. Yo no quería…

No te pongas así tú no tienes culpa.

Ellos hicieron todo lo posible por salvar el planeta. Lucharon hasta el último momento, pero todo fue inútil.

¿Eras feliz en tu planeta?

Si muy feliz. Todos éramos uno. Una sola conciencia.

¿Una sola conciencia?

Te olvidas que somos telepatas… Ven, después te explico vamos a comer algo.

Se adentraron en el bosque.

Toma… Come.

¿Que es?

Pruébalo.

Sabe bien. ¿Qué cosa es?

No lo sé. Te olvidas que yo tampoco soy de aquí.

Adolfo, reía; reía como nunca; como hacía tiempo no lo hacía.

Después caminaron por el bosque. Se subieron a un árbol.

Mira, estos son más dulces.

Ella le tendió la mano.

Si es más dulce pero no sé a que sabe.

Es dulce y nada más.

“Dulces como tu voz…”

Puedo leer tus pensamientos, no lo olvides.

Él bajó la vista.

¿Por qué te apenas? Es tan bello… Sabes, me dio trabajo conocer tu idioma, no fue fácil descifrarlo; sobre todo entender el sentido de las cosas; y los sentimientos, algunos cargados de una nostalgia otros incomprensibles: desesperados… Ahora creo conocerte.

Pero yo, ni siquiera sé tu nombre.

¡Dione!… Me gusta. Tú mismo lo elegiste.

Sabes Dione era…

Ya lo se una ninfa del mar.

Verdad tu lees el pensamiento.

Ven vamos a bajar.

Aun no me has hablado de la telepatía. ¿Cómo puedes leer el pensamiento?

No es fácil. Nosotros lo hemos logrado a través de la evolución mental. Nosotros usábamos dos formas de comunicación: una verbal y otra mental. Con el tiempo la verbal se fue sustituyendo por la mental, es más cómodo por su puesto. Inclusive para un profesor esto es muy provechoso pues puede conocer las dudas del alumno, o saber si alguien se entretiene. Este tipo de comunicación mental, también es llamado pensamiento externo…

Ella guardó silencio.

¿Qué te pasa?

Es que yo… era profesora en mi planeta.

Si quieres no continúes, no hace falta.

No, debo seguir. Como te iba diciendo, ese pensamiento externo es dirigido; o sea el individuo puede controlarlo a su antojo y comunicarse con quien desee. Además de esta, existe otra forma de pensamiento: el pensamiento interno, este es espontáneo incontrolado, son un producto de la sensibilidad, de la captación de lo bello. Estos pensamientos se llaman internos; porque nadie, a no ser el sujeto, lo percibe.

Creo entender, ustedes han logrado separar el pensamiento de las emociones. Para ustedes el pensamiento es un fenómeno objetivo, el cual utilizan para comunicarse, y las emociones son subjetivas, y son propiedad de cada individuo.

Eso es.

Me gusta.

Ella sonrió, él la ayudó a bajar del árbol, mientras miraba satisfecho a los dos soles. “Ahora también somos dos”. Pensó para sí y para ella: sabía que ella lo escuchaba.

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Paridad: 2

2

Caminaba con dificultad, sobre los afilados arrecifes; mientras las olas le salpicaban. Se detuvo: vio tras las rocas, oculta por una herradura de arrecifes, una pequeña playa. Saltó sobre la arena; blanca y fina. Recorrió la playa y luego se sentó sobre la arena a contemplar el mar; otra vez las olas en su incansable ir y venir; ver nuevamente aquella espuma blanca juguetear caprichosamente sobre la arena; estaba otra vez solo frente al mar. Cuantas y cuantas veces su mente flotó sobre las olas dejando escapar lagrimas de espuma. Era su mar, aquel mar evocador, a veces fiero, a veces sosegado; otras azul; otras oscuro, muy oscuro, envuelto por la noche; a veces frío, tan frío como el olvido; un olvido largo, perdido en la profundidad del mar, arrastrado durante años; y ahora, el mar rencoroso, traía sobre sus olas la resaca del pasado.

Echó a andar por la orilla, mientras el mar se metía bajo sus pies. El aire batía fuerte: silbaba en sus oídos ecos de perdidas voces, de lejanas historias y de sueños imposibles; como si en ese día, estuviesen realizándose otros días, días lejanos, perdidos en la inmensidad del tiempo, pero grabados en algún lugar; esperando la señal… el momento.

Se detuvo cayendo de bruces sobre la arena: “huellas…”.Parecían huellas humanas, eran huellas borrosas, difusas; eran pequeñas, tan pequeñas, que sólo podían pertenecer al pie de una mujer o un niño, si tomamos los patrones de la Tierra. Las huellas se perdían entre las rocas: “¿quién será?… ¿Será una mujer? ¿Será…? Las huellas van hacia allá… allá se pierden… se pierden”. El viento sopla, susurra; algo flota en el aire: viejos recuerdos, aparentemente oxidados y mucho silencio; un silencio furioso, como las olas que se alzan rabiosas, para luego arrastrarse humildemente sobre la arena.

La tarde caía, los dos grandes soles comenzaban su descenso sobre el horizonte. Las nubes tomaban un color dorado y de ellas brotaban rayos azulados que se abrían en forma de abanico. El mar se tornaba rojizo. El horizonte ardía, los dos soles, uno al lado del otro, se iban sumergiendo en el mar; mientras comenzaba un desfile de nubes grises, un gris violeta; expiraban los últimos rayos de los soles, tragados por el mar. La noche comenzaba a reinar.

El viento transmisor de sonidos; codificaba imágenes perdidas en el pasado: “alguien canta, a lo lejos alguien canta… Una voz de mujer. No entiendo lo que dice, es un idioma extraño”. Miraba hacia todas partes, trataba de orientarse: “esa voz… Esa voz. ¿Dónde estás?”. Camino sin rumbo, detrás de un sonido lejano; en un lenguaje desconocido; como un canto de sirenas. Caminó y caminó; por momentos la voz se le perdía sumergida en el canto infinito del mar. “¿Dónde estás…?”. La voz dejo de escucharse; sólo las olas, sólo las olas de un mar oscuro. Cansado se acostó sobre la arena, y se durmió; bajo un cielo estrellado; bajo la luz de un par de lunas.

Abrió los ojos era ya de día, su segundo día en aquel planeta. Tenía su pierna derecha entumida, se sentó para darse masajes; y fue entonces cuando la vio; allí sobre las rocas…”Ella, es ella…”. Se incorporó pero la mujer echó a correr.

No, no huyas. Detente.

Cuando subió a las rocas ya no estaba: “esta oculta en algún lugar. ¿Pero donde?… Me estaba observando. Sabe que estoy aquí. Quizás durante toda la noche me estuvo expiando. Tal vez la tuve muy cerca y no lo supe. No pude ver bien su rostro; pero era hermosa; sus cabellos eran largos de color rojizo… No creo que era castaño… O negro… No pude ver bien. Solo sé que era largo, y que flotaba en el aire mientras corría. ¿Quién es?… ¿En el bosque? Tal vez en el bosque, viva una civilización. ¡Iré al bosque!”.

Estaba completamente exaltado, el corazón le latía apresuradamente. Por un momento se asustó. ¿Que era aquello que le estaba sucediendo? Claro que lo sabía. Un escalofrío le corrió por el cuerpo, se derrumbó sobre la arena. ¿Cómo deshacerse de aquel dolor? Recogió las piernas y con ambas manos las retuvo fuertemente contra su pecho. ¿Dónde estaba su amor propio? ¿Llegó a ese planeta a correr detrás de una sombra? Tenía que encontrarle una explicación a lo que le estaba sucediendo. Olvidaba una vieja herida que nuevamente sangraba, bajo los golpes certeros de las olas, que pegaba allí donde más dolía. Lanzó una mirada desolada al mar y vio alzarse una enorme ola, que rugía desafiante, la vio caer y arrastrarse hasta alcanzarlo y mojar su cuerpo, aquel cuerpo insignificante. Se sintió demasiado débil, no era nada, nada. Una lagrima emergió de lo más hondo de su alma cautiva, presa de aquel cuerpo, vigilada por aquella lógica inflexible.

A su mente acudían los recuerdos, no podía escapar; toda la nostalgia le llegaba de golpe y poblaba toda su mente: “nunca más” se dijo entonces; nunca más, repitió un eco sumiso; ¿nunca más? preguntó el alma desde su cautiverio y por respuesta aquella lagrima, muestra de debilidad. Los últimos bastiones de la razón eran tomados por asalto. El combate duró horas, con la tarde pegada a las espaldas, con el mar arremetiendo furioso por el frente, con la pareja de soles disparando su fuego sobre aquel cuerpo indefenso. Aplastada la razón, aceptó la idea de que no estaba solo, que había una mujer allí, lo cual tenia lógica; pero lo que no tenía lógica, lo que lo había llevado a ese estado, y lo que el no quería reconocer, era que estaba enamorado; y lo peor: esta vez no tendría redención posible. Cerro los ojos resignado, y abrió todas las puertas; sabía que no resistiría otro encierro: no mas indiferencia, no más olvido, gritó su alma en su loca carrera detrás del amor . Ojalá esta vez no te equivoques corazón, susurró la razón mientras agonizaba, ahogada por un largo suspiro: “Dione, como la ninfa del mar… Dione…”

Penetró en el bosque, ya no le temía, la luz se filtraba a través de los frondosos árboles; escuchaba el lejano canto de las aves. Fue entonces cuando la vio; corrió tras de ella, pero la perdió de vista: ella lo evitaba. Deambuló por el bosque durante horas: sentía sus pasos, a veces creía escuchar su voz… Estaba cansado, y decidió regresar a la playa.

No podía comprender que le pasaba; corría desesperado detrás de un sueño. Un sueño que había dejado huellas, que cantaba en el silencio de un alma desolada. ¡Oh iluso! dijiste: ¡nunca más! ¡nunca más!… Y venir de lejos, de muy lejos. A muchos años luz. Porque sabes que cuando regreses: ¡nadie!, nadie te espera. Estaba solo, solo en espacio y tiempo, en la sucesión finita de su existencia; bajo las leyes de un planeta desconocido.

La esperó en la playa durante tres días. Tres días sin apenas comer, sin apenas dormir. No era un Robinson Crusoe. No sabía que hacer. Le faltaba voluntad para luchar; como hace muchos años, cuando dejo pasar el tiempo sin hacer nada… sin decidirse. Luego, cuando era demasiado tarde. Cuando ya estaba lejos, cuando llegó el invierno y cuando llegó la frialdad de la noche, indiferente. Todo indiferente, y llegaron las noches sin estrellas y los amaneceres fríos; y se perdió la última luna blanca. Comprendió que su alma ya no tenía salvación; cuando se es joven se puede morir y renacer. Pero cuando se es viejo. Ahora estaba perdido en el tiempo; era un fantasma errante por alguna dimensión; atrapado en su pasado. Decidió dejar de esperarla: decidió nuevamente morir.

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Paridad: 1

1

Comenzó a cavar la fosa. Una sensación de miedo le embargaba; miró hacia todas partes como si de un momento a otro pudiese aparecer algún horrible monstruo. Enterró al piloto, lo cubrió con esa tierra rojiza, hasta formar una pequeña loma; le puso una cruz encima, para marcar el lugar. Se alejó unos pasos, mientras se frotaba las manos nerviosamente con la vista fija en el montón de tierra que cubría al muerto. Se agachó tratando de sumergirse en sus pensamientos.

“¿Quién era este hombre? Apenas lo conocía. ¿Tendría familia?… ¿Qué hago? ¿Qué debo hacer?… Quizás alguien captó las señales de auxilio. Los controles de la nave estaban afectados; pero, tal vez la señal… Seguramente alguien se dirige hacia acá”.

Adolfo Martin, no temía a la muerte, no era eso lo que le asustaba; era el miedo a lo nuevo, a lo desconocido; era demasiado metódico para soportar los cambios. Pensó en los trabajos que estaba llevando a cabo en la Tierra. El tiempo que tendría que perder en aquel planeta. Se lamentó de haber realizado aquel viaje. ¿Por qué lo hizo? El nunca quiso abandonar la Tierra, incluso cuando era joven, jamás aceptó salir al exterior, y ahora; precisamente ahora que había cumplido cuarenta y cinco años; se encontraba en otro planeta, perdido, sin nada que hacer. No tener nada que hacer es lo peor que le puede pasar a un científico como Martín, dedicado toda su vida a la investigación matemática. Y lo peor de todo es que no cargo con sus trabajos.

Una sensación de vacío comenzó a embargarlo, era un viejo temor; lejanos sentimientos archivados. Pero eso era pasado; sólo pasado. Un pasado enterrado, olvidado. El no tenía que hacer nada en esa nave: “Nada”. Se maldijo, dio una patada sobre una piedra que salió por el aire como un balón de fútbol. Este hecho lo sorprendió, saltó y vio que se elevaba mas allá de un metro, comprendió que la gravedad era inferior a la de la Tierra. Volvió a saltar con mas fuerza y alcanzó casi dos metros de altura. Se sorprendió de sí mismo: “Soy un estúpido se dijo en lugar de aprovechar el tiempo me dedico a saltar como un pequeñín. ¿Que hacer? Tengo que aprovechar el tiempo, tal vez la nave demore. ¡Que calor! ¡Maldito planeta!” Ahora estaría en su oficina, sentado en su escritorio, elaborando su teoría sobre la mente; su última obsesión: fusionar la matemática con la psicología. Creía que las matemáticas debían acabar con todos los misterios. Sólo la razón debería gobernar el mundo. Pero, entonces, ¿qué hacía él en ese planeta? ¿Fue la razón la que le dictó hacer ese viaje? Recordó que el día anterior había sido su cumpleaños; ese día no fue a trabajar; ese día no hizo ejercicios; no revisó sus trabajos del día anterior, como de costumbre. ¿Qué hizo, entonces, ese día?: nada. Camino horas y horas por las calles desiertas; como quien busca algo perdido, algo que se sabe de antemano que no se va a encontrar; pero se busca, fuera de toda lógica; más allá de toda razón: se busca. Tal vez… Por eso decidió viajar, arrastrado por aquella fuerza oculta, por aquel impulso desconocido; él, precisamente él. Quizás no era casual que estuviera en aquel planeta. Quizás el destino… Pero no, esa idea absurda no podía tener cabida en su mente.

Se puso de pie y miró al cielo. La sorpresa fue aun mayor, el cielo era de un azul más intenso que en la Tierra, y en lo alto brillaban ¡dos grandes soles! “Dos soles… dos soles…”

Caminaba sin rumbo fijo. A su derecha se divisaba un bosque, que lo atraía; pero… ¿Cuántos peligros podía encerrar? Decidió bordearlo. La hierba al principio escasa se fue haciendo más y más tupida. Llevaba largas horas caminando; fue entonces cuando descubrió un claro donde crecía una hierba corta y muy verde, avanzó hacia allí. Se sentía cansado. El cielo se enrojecía, lúgubres nubes grises cubrían la tarde.

“Pronto será de noche”. Un escalofrío le corría por todo el cuerpo. Tendría que pasar la noche en aquel planeta. Se detuvo frente a dos grandes árboles que entrecruzaban sus ramas; parecían dos columnas unidas en lo más alto.

“Ya esta oscureciendo”, cansado se sentó bajo uno de los árboles.

“Tal vez nunca pueda salir de esta planeta. ¿Quizás nadie recibió el mensaje de auxilio? Quien sabe… Que triste fin me espera”.

“No me gusta este silencio… Y esos dos soles. Debo calmarme. Se secó las manos en el pantalón; respiró profundo. Los pensamientos le brotaban desordenados. “Tal vez el aire está enrarecido. ¿Existirá alguna forma de vida desconocida? ¿Qué forma tendrá?”

Ya los dos soles habían desaparecido; la noche era inminente. Una sensación de soledad le embargaba; la oscuridad lo invadía todo; una fina niebla fantasmal aparecía ante sus ojos.

La noche era clara, demasiado clara; veía sombras por todas partes, sombras que se movían y se ocultaban en la fina niebla; aquella niebla escurridiza, que se filtraba por todas partes. Adolfo con la espalda pegada al grueso tronco, con las manos crispadas esperaba el arribo de la noche. Según avanzaba la noche el frío se hacía más intenso. Y él se encontraba solo, abandonado a su suerte en un planeta desierto y sombrío. Un creciente terror le iba invadiendo. Así estuvo largas horas asediado por las sombras; mientras la niebla danzaba caprichosamente a su alrededor. Adolfo era un hombre que estaba acostumbrado a controlarse y no estaba dispuesto a dejarse dominar por el miedo. Miró al cielo para tranquilizarse y un escalofrío lo sacudió ¡dos lunas! Eran dos lunas excesivamente blancas y redondas; simétricas. Demasiado imponente para no sentirse sobrecogido ante aquella armonía.

La noche estaba estrellada, las estrellas parecían agruparse por parejas: dos aquí, dos más allá y esas dos lunas, una al lado de la otra, jugueteando con las nubes nocturnas. Le invadían las más extrañas sensaciones mezcla de miedo y dolor, esa vieja soledad; y ahora, la proximidad de la muerte.

“De qué me sirven los títulos, los premios y nombramientos; si ahora estoy solo, olvidado de todos; contando los minutos”.

Sentía que el aire le faltaba, una terrible angustia se apoderaba de el.

Intentó sonreír; la noche le hacía recordar y no quería. En la Tierra vivía siempre volcado hacia el futuro; siempre proyectándose; siempre haciendo algo: su actividad era febril. Pero ahora, ahora todo era distinto: el sueño comenzaba a vencerle; luchaba por no dormirse; los párpados se le cerraban. Presentía que alguien o algo le acechaba. Sentía como el cuerpo se le entumecía, quería moverse y no podía; tenía los ojos cerrados, no podía abrirlos. Todo era oscuro muy oscuro.

Ya había amanecido, Adolfo abre lentamente los ojos, su mirada se enfrenta al azul del cielo. Se fue a levantar el cuerpo le pesaba; se sentía cansado, muy cansado.

“¿Qué hacer? En la Tierra todo era distinto, siempre había algo que hacer; pero ahora… Decidió explorar el planeta.

“¿El bosque? No, el bosque no”.

Avanzaba subiendo y bajando cuestas. Llegó a un llano donde abundaban las flores; flores exóticas de un raro perfume. Se acercó a una de las plantas; las flores brotaban de dos en dos.

“Dúos y más dúos, la paridad esta presente en todas partes, en todas las cosas”.

Hacía un calor intenso. En el cielo se podían ver dos soles rojizos. Avanzó hacia un pequeño bosque, donde crecían unos árboles que tenían un grueso tronco; pero después se desdoblaban en dos, formando una V en unos casos y en otros una U; concluyendo en dos arboles diferentes. Los árboles estaban tan floridos que apenas se les veían las hojas. Escuchó un graznido; un pájaro de múltiples colores emprendió el vuelo, detrás salió otro y juntos se alejaron.

“Aves; hay vida, vida”.

Caminó largas horas. “¡Un río!” Apresuró el paso. Las aguas eran cristalinas. Tenía la garganta seca. Sin pensarlo se arrodilló y se echó agua en la cara, pensó llenar la cantimplora, le quedaba poca agua, pero a pesar de su transparencia, desistió de llenarla.

El agua era poco profunda, por lo que Adolfo atravesó el arroyo caminando. Después bordeó el arroyo hasta llegar a una cascada. Entonces comenzó a sentir una sensación de encantamiento. Aquel cielo tan azul; esos arboles que crecían sobre las rocas, de los cuales pendían grandes bejucos que se sumergían en las limpias aguas del arroyo. En el fondo de aque¬llas aguas cristalinas, se veían piedras pulidas, como de mármol; mármol blanco. De las copas de los arboles se desprendían flores, que descendían lentamente y se posaban sobre el agua. Aquel planeta misterioso, que al principio le inspiraba temor, ahora le parecía un paraíso.

Caminaba y mientras avanzaba cantaba, no se sabía ninguna canción completa; hacía años que no se molestaba en aprenderse las letras; y ahora cantaba: cambiando letras, haciéndole aportes a la música. Sabía que estaba solo; solo sin nada que hacer.

Se detuvo. Al encuentro del arroyo, venía otro más caudaloso; ambos se unían y después corrían juntos; y juntos penetraban en el bosque. “El bosque”. Por un momento lo pensó; pero, no, decidió seguir su camino. Y así anduvo un largo rato. La vegetación comenzaba a escasear; respiró profundo y sintió un olor peculiar, algo que le era conocido: “salitre”, el mar estaba cerca. Subió una pequeña loma y divisó el horizonte azul. “Allí esta el mar”. Adolfo había nacido en un puerto; el mar era parte de su vida.

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