Eh… Yo… Yo la traeré… Enseguida vuelvo.
Y sin decir mas se alejo apresuradamente.
Qué le parece esto capitán, una mujer en este planeta. Debe ser muy hermosa cuando ha trastornado al doctor.
Estoy sorprendido no esperaba encontrarme con esto.
Ella lo esperaba ansiosa.
Dione han venido ha buscarme. ¿Vendrás conmigo, verdad? ¿Vendrás?…
No, no puedo, soy telepata. ¿Lo has olvidado?… Ustedes no saben pensar. No como en mi planeta, que pensamos para nosotros solamente. Ustedes siempre piensan hacia afuera; no saben desligar el pensamiento de los sentimientos. Si me fuese contigo no podría resistir, todos los pensamientos me llegarían de golpe creando una terrible interferencia: enloquecería. Sería presa de los sentimientos más horribles; la angustia me devoraría. No, no puedo. Vete, vete tú con ellos.
No, jamás te abandonaré; ya no podría vivir sin ti. Les diré que se vayan. Yo no me iré.
Adolfo hay algo en lo que tú no has pensado, pero yo como mujer si, no podemos tener hijos. Nuestros organismos pueden ser diferentes, puede ser que no tengamos los mismos cromosomas, y aunque pudiéramos tenerlos, no sería justo condenarlos a una vida salvaje, solitaria… Vete, no te das cuenta… Vete con ellos.
Su voz entrecortada, su rostro pálido y sobre todo sus ojos opacos de un azul grisáceo revelaban su angustia. Él la cogió de las manos.
Jamás, me oyes, jamás te abandonaré. Voy a hablar con ellos. Enseguida vuelvo.
Los hombres estaban algo preocupado por la demora de Adolfo, cuando este al fin apareció.
¿Y ella? ¿Dónde está ella? Preguntó el capitán.
No viene, ni yo tampoco iré con ustedes.
¿Estás loco? Nos han enviado expresamente a buscarte, llevamos dos días localizándote. No podemos abandonarte aquí.
Entiendan ella es telépata, en la Tierra enloquecería, captaría todos los pensamientos; no lo podría soportar, y yo no puedo abandonarla.
Pero es que no podemos dejarte así como así.
¿Tú nunca has estado enamorado?
Si pero…
Abandonarías tú a la mujer amada. La dejarías sola en un planeta y te irías. ¿Dime: lo harías tú?
No creo que no. ¿Pero ella qué hace aquí?
Su planeta desapareció, solo ella logro salvarse y llegó hasta aquí.
¿Y la nave? ¿Dónde esta la nave?
¿La nave?… No sé, no se lo pregunté.
Todo esto es muy raro doctor. Usted es uno de los más eminentes científicos de la Tierra. Yo tengo que responder por su vida, no puede irme y dejarlo.
Doctor, por qué no trata de convencer a la muchacha, quizás en la Tierra se pueda llegar a algún arreglo: vivir en un satélite artificial. ¿No le parece? Quizás… Por que no la trae, así yo converso con ella y trato de convencerla, a lo mejor… Yo la convenzo.
Esta bien la traeré conmigo.
Dio la espalda y se alejó.
Allí estaba Dione, arrodillada con la vista fija en el cielo. Volvió su rostro al sentir su presencia. Sus pupilas tenían un color indefinido entre gris y azul, al igual que el cielo que amenazaba con llover.
Dione, ellos quieren verte, quieren hablar contigo.
No, eso nunca. No.
Y comenzó a temblar llena de pánico.
Dione que te pasa, ellos quieren conocerte.
No; yo sé, que va a pasar algo terrible, si ellos me ven; lo sé.
¿Qué dices Dione? Ellos nos quieren ayudar.
No, vete; vete con ellos. Yo no iré.
Sus ojos tomaban un color gris oscuro; tronaba, las nubes grises cubrían el cielo, que amenazante rugía; los largos cabellos de ella, ondulaban resistiendo la furia del viento. El no dijo nada, resignado se marchó.
Los dos hombres miraban inquietos al cielo.
Parece que habrá tormenta.
No me gusta esto capitán; no me gusta. Mire ahí viene el doctor, pero viene solo.
¿Y ella… Por qué no vino? preguntó el capitán.
No quiere venir, no quiere.
¿Por qué?
Es que ustedes no entienden: su planeta pereció, todos sus familiares murieron, lleva años viviendo sola; la soledad le ha hecho daño. Tiene miedo, miedo a que suceda algo. Comprendan, lo ha perdido todo, no tiene a nadie…
Pero es que nosotros queremos ayudarla, hablar con ella, decidir todos juntos qué vamos a hacer; sólo queremos hablar con ella, conocer su opinión, saber… Saber de ella; estoy en una situación difícil, no sé que hacer.
Yo no me iré, no la dejaré.
Es que yo tengo que informar que te encontré, y vendrán otras naves; y te llevarán por la fuerza, si es preciso. Tú eres necesario en la Tierra.
Di que no me has visto.
¿Y la nave? ¿Y cuando vean la nave?
Échala al mar.
No, no puedo hacer eso.
Por favor ella me necesita; tiene miedo a la civilización; ha sufrido mucho; es la única que sobrevivió a los suyos.
La voz de Adolfo era un susurro, sus cejas se elevaban, su mirada inquieta buscaba los ojos del capitán.
No puedo, si al menos pudiera hablar con ella.
¿Por qué con ella?
Es que… No sé, todo es tan extraño. Necesito saber de ella, eso me tranquilizaría. Es muy grave lo que me pides. Insístele, quizás acceda.
Esta bien lo intentaré por última vez.
Ya Adolfo se había marchado.
Pronto, tenemos que ganar tiempo, tómale pruebas al aire, es necesario analizar las condiciones ambientales del planeta: temperatura, enrarecimiento del aire, gravedad…