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Caminaba con dificultad, sobre los afilados arrecifes; mientras las olas le salpicaban. Se detuvo: vio tras las rocas, oculta por una herradura de arrecifes, una pequeña playa. Saltó sobre la arena; blanca y fina. Recorrió la playa y luego se sentó sobre la arena a contemplar el mar; otra vez las olas en su incansable ir y venir; ver nuevamente aquella espuma blanca juguetear caprichosamente sobre la arena; estaba otra vez solo frente al mar. Cuantas y cuantas veces su mente flotó sobre las olas dejando escapar lagrimas de espuma. Era su mar, aquel mar evocador, a veces fiero, a veces sosegado; otras azul; otras oscuro, muy oscuro, envuelto por la noche; a veces frío, tan frío como el olvido; un olvido largo, perdido en la profundidad del mar, arrastrado durante años; y ahora, el mar rencoroso, traía sobre sus olas la resaca del pasado.
Echó a andar por la orilla, mientras el mar se metía bajo sus pies. El aire batía fuerte: silbaba en sus oídos ecos de perdidas voces, de lejanas historias y de sueños imposibles; como si en ese día, estuviesen realizándose otros días, días lejanos, perdidos en la inmensidad del tiempo, pero grabados en algún lugar; esperando la señal… el momento.
Se detuvo cayendo de bruces sobre la arena: “huellas…”.Parecían huellas humanas, eran huellas borrosas, difusas; eran pequeñas, tan pequeñas, que sólo podían pertenecer al pie de una mujer o un niño, si tomamos los patrones de la Tierra. Las huellas se perdían entre las rocas: “¿quién será?… ¿Será una mujer? ¿Será…? Las huellas van hacia allá… allá se pierden… se pierden”. El viento sopla, susurra; algo flota en el aire: viejos recuerdos, aparentemente oxidados y mucho silencio; un silencio furioso, como las olas que se alzan rabiosas, para luego arrastrarse humildemente sobre la arena.
La tarde caía, los dos grandes soles comenzaban su descenso sobre el horizonte. Las nubes tomaban un color dorado y de ellas brotaban rayos azulados que se abrían en forma de abanico. El mar se tornaba rojizo. El horizonte ardía, los dos soles, uno al lado del otro, se iban sumergiendo en el mar; mientras comenzaba un desfile de nubes grises, un gris violeta; expiraban los últimos rayos de los soles, tragados por el mar. La noche comenzaba a reinar.
El viento transmisor de sonidos; codificaba imágenes perdidas en el pasado: “alguien canta, a lo lejos alguien canta… Una voz de mujer. No entiendo lo que dice, es un idioma extraño”. Miraba hacia todas partes, trataba de orientarse: “esa voz… Esa voz. ¿Dónde estás?”. Camino sin rumbo, detrás de un sonido lejano; en un lenguaje desconocido; como un canto de sirenas. Caminó y caminó; por momentos la voz se le perdía sumergida en el canto infinito del mar. “¿Dónde estás…?”. La voz dejo de escucharse; sólo las olas, sólo las olas de un mar oscuro. Cansado se acostó sobre la arena, y se durmió; bajo un cielo estrellado; bajo la luz de un par de lunas.
Abrió los ojos era ya de día, su segundo día en aquel planeta. Tenía su pierna derecha entumida, se sentó para darse masajes; y fue entonces cuando la vio; allí sobre las rocas…”Ella, es ella…”. Se incorporó pero la mujer echó a correr.
No, no huyas. Detente.
Cuando subió a las rocas ya no estaba: “esta oculta en algún lugar. ¿Pero donde?… Me estaba observando. Sabe que estoy aquí. Quizás durante toda la noche me estuvo expiando. Tal vez la tuve muy cerca y no lo supe. No pude ver bien su rostro; pero era hermosa; sus cabellos eran largos de color rojizo… No creo que era castaño… O negro… No pude ver bien. Solo sé que era largo, y que flotaba en el aire mientras corría. ¿Quién es?… ¿En el bosque? Tal vez en el bosque, viva una civilización. ¡Iré al bosque!”.
Estaba completamente exaltado, el corazón le latía apresuradamente. Por un momento se asustó. ¿Que era aquello que le estaba sucediendo? Claro que lo sabía. Un escalofrío le corrió por el cuerpo, se derrumbó sobre la arena. ¿Cómo deshacerse de aquel dolor? Recogió las piernas y con ambas manos las retuvo fuertemente contra su pecho. ¿Dónde estaba su amor propio? ¿Llegó a ese planeta a correr detrás de una sombra? Tenía que encontrarle una explicación a lo que le estaba sucediendo. Olvidaba una vieja herida que nuevamente sangraba, bajo los golpes certeros de las olas, que pegaba allí donde más dolía. Lanzó una mirada desolada al mar y vio alzarse una enorme ola, que rugía desafiante, la vio caer y arrastrarse hasta alcanzarlo y mojar su cuerpo, aquel cuerpo insignificante. Se sintió demasiado débil, no era nada, nada. Una lagrima emergió de lo más hondo de su alma cautiva, presa de aquel cuerpo, vigilada por aquella lógica inflexible.
A su mente acudían los recuerdos, no podía escapar; toda la nostalgia le llegaba de golpe y poblaba toda su mente: “nunca más” se dijo entonces; nunca más, repitió un eco sumiso; ¿nunca más? preguntó el alma desde su cautiverio y por respuesta aquella lagrima, muestra de debilidad. Los últimos bastiones de la razón eran tomados por asalto. El combate duró horas, con la tarde pegada a las espaldas, con el mar arremetiendo furioso por el frente, con la pareja de soles disparando su fuego sobre aquel cuerpo indefenso. Aplastada la razón, aceptó la idea de que no estaba solo, que había una mujer allí, lo cual tenia lógica; pero lo que no tenía lógica, lo que lo había llevado a ese estado, y lo que el no quería reconocer, era que estaba enamorado; y lo peor: esta vez no tendría redención posible. Cerro los ojos resignado, y abrió todas las puertas; sabía que no resistiría otro encierro: no mas indiferencia, no más olvido, gritó su alma en su loca carrera detrás del amor . Ojalá esta vez no te equivoques corazón, susurró la razón mientras agonizaba, ahogada por un largo suspiro: “Dione, como la ninfa del mar… Dione…”
Penetró en el bosque, ya no le temía, la luz se filtraba a través de los frondosos árboles; escuchaba el lejano canto de las aves. Fue entonces cuando la vio; corrió tras de ella, pero la perdió de vista: ella lo evitaba. Deambuló por el bosque durante horas: sentía sus pasos, a veces creía escuchar su voz… Estaba cansado, y decidió regresar a la playa.
No podía comprender que le pasaba; corría desesperado detrás de un sueño. Un sueño que había dejado huellas, que cantaba en el silencio de un alma desolada. ¡Oh iluso! dijiste: ¡nunca más! ¡nunca más!… Y venir de lejos, de muy lejos. A muchos años luz. Porque sabes que cuando regreses: ¡nadie!, nadie te espera. Estaba solo, solo en espacio y tiempo, en la sucesión finita de su existencia; bajo las leyes de un planeta desconocido.
La esperó en la playa durante tres días. Tres días sin apenas comer, sin apenas dormir. No era un Robinson Crusoe. No sabía que hacer. Le faltaba voluntad para luchar; como hace muchos años, cuando dejo pasar el tiempo sin hacer nada… sin decidirse. Luego, cuando era demasiado tarde. Cuando ya estaba lejos, cuando llegó el invierno y cuando llegó la frialdad de la noche, indiferente. Todo indiferente, y llegaron las noches sin estrellas y los amaneceres fríos; y se perdió la última luna blanca. Comprendió que su alma ya no tenía salvación; cuando se es joven se puede morir y renacer. Pero cuando se es viejo. Ahora estaba perdido en el tiempo; era un fantasma errante por alguna dimensión; atrapado en su pasado. Decidió dejar de esperarla: decidió nuevamente morir.