¿Qué es lo que te propones capitán?.
Quiero estar convencido antes de tomar una decisión.
La tormenta se había desencadenado, la lluvia bañaba el rostro de Adolfo. Dione seguía en la misma postura, allí sola frente a la tormenta, con los ojos clavados en el espacio infinito; sintiendo la nostalgia de otro mundo que ya no existe.
Dione.
No, no iré. No insistas.
Ellos quieren ayudarnos.
No, sé que pasará algo terrible, no quiero que me vean.
Por favor Dione, escúchame, están casi dispuestos a irse; entre los dos podemos convencerlos. Ven conmigo no temas.
No puedo ir, no lo entiendes, no puedo. Es mas fuerte que yo. Tengo miedo.
¿Pero qué puede suceder? Yo estaré a tu lado. Nada nos podrá separar.
Sé que va a pasar algo. Y tú no podrás hacer nada, nada.
Esta bien Dione. No quiero que sufras.
El se aproximó a ella y la besó suavemente.
No temas Dione todo saldrá bien.
Mientras, los dos hombres habían concluido las pruebas.
No hay nada anormal, capitán, el aire es perfectamente respirable.
No has descubierto ningún elemento tóxico.
No capitán, aunque los instrumentos que poseemos no son los idóneos, no parece haber ningún peligro en el ecosistema del planeta.
Bueno ahora sólo falta verla a ella.
Creo que se quedará con las ganas capitán; ahí regresa, pero viene solo.
Ambos miraban perplejos a Adolfo.
Imposible no quiere venir, no puedo convencerla.
Bajó su mirada al suelo donde comenzaban a formarse pequeños charcos.
Por favor ayúdenme, no digan que me han encontrado.
El capitán le lanzó una mirada a su colega, este esquivó la vista y fingió contemplar el cielo. La lluvia cesaba.
Es un compromiso…
Yo la amo, ustedes no saben lo que es eso; encontrarla aquí, a ella, a la mujer que siempre he buscado; y ahora, está aquí… conmigo. Ya nadie nos podrá separar. Ella ha sufrido, yo también he sufrido. Venimos de mundos diferentes y nos hemos encontrado casi al final de nuestras vidas… Quiero vivir los años que me quedan a su lado, dedicarme a ella. Tengo derecho a amar. ¿No es cierto?… Yo encontré aquí mi amor. ¡Mi gran amor!…
Adolfo calló, su silencio era mas fuerte que sus palabras. Su rostro estaba mojado. Pero al capitán le pareció que lloraba.
Esta bien, desapareceré la nave, la dejaré caer al mar. No diré nada… Que sea lo que sea.
Entonces, me prometen que no dirán nada. Me lo prometen.
Esta bien, esta bien. Esta tarde dejaremos caer tu nave en el océano y después nos iremos. Ojala seas feliz.
Los dos hombres se despidieron de Adolfo. Luego se introdujeron en la nave y comenzaron la maniobra de acople. Pero ya Adolfo no veía nada; corría como un loco, como un loco de felicidad.
¡Dione! ¡Dione!… ¡Dione!
Ya había escampado, las nubes grises huían; el cielo se despejaba. Ella estaba de pie, esperándole; sonreía: ya lo sabía; lo sabía, y se lo hacía saber con esa mirada azul que lo envolvía todo.
Se van Dione, nos dejan solos.
Ella no decía nada; su rostro sereno, sus cabellos mojados aún por la lluvia, y esa mirada profunda como la tarde, y aquellos ojos azul verdosos, tornándose pardos, y luego castaños rojizos, después castaños oscuros, grisáceos y por último serán negros, negros como la noche.
Allá van las dos naves, pronto se irán Dione. Regresan a la Tierra, donde no volveré nunca más. Me quedo contigo. ¡Adiós humanidad! ¡Adiós egoísmo! Quédense con su civilización, con sus ansias absurdas de acumular riquezas. Yo tengo lo que ustedes nunca podrán darme. ¡Un amor eterno!
Adolfo llévame a la playa, a nuestra playa.
Él contempló sus pupilas castañas; acarició sus cabellos todavía húmedos.
Ven, vamos.
Iban hacia la playa unidos, tomados por la cintura.
El agua se levantó bruscamente ante el impacto de la nave dejada caer.
¿Qué hacemos ahora capitán?.
Nos marchamos. Espera, antes de irnos sobrevolaremos el planeta por última vez.
El capitán de la nave contemplaba el paisaje. Fue entonces cuando descubrió una pequeña playa. Allí estaba Adolfo; caminando sobre la arena. El capitán pegó el rostro al cristal de la nave, su mirada buscaba algo ansiosamente; mientras un nerviosismo le iba invadiendo. Adolfo parecía hablar con alguien, pero por más que se esforzaba y buscaba no veía a nadie. Fue entonces cuando un escalofrío le recorrió todo el cuerpo; la mano de Adolfo flotaba en el aire, como si acariciase algo o a alguien; su brazo se cerraba, se ceñía sobre alguien; pero sólo quedaba un espacio vacío; no había nada. ¡Allí no había nadie! ¡Estaba solo! ¡Completamente solo!